Bosque Petríficado
La experiencia involucra la vista y el tacto, y para ambos sentidos es deslumbrante. Al llegar, el paisaje impacta por su aridez extrema, propia de la ecorregión de la Estepa Patagónica. Al bajar del vehículo, el viento sopla fuerte contra el rostro y marca la primera sensación táctil; seco y constante, es el gran responsable de la apariencia que hoy tiene este paraje. A su merced se mueven coirones, matas, molles y calafates, que marcan la escasa presencia vegetal en la región.
Pero cuando el visitante comienza a caminar, a un centenar de metros divisa algunos gruesos y largos cilindros oscuros que llaman su atención. Se acerca, los mira con detenimiento y percibe con curiosidad su superficie rugosa y sus extensas fisuras longitudinales. Entonces, la vista y el tacto se cierran, y la imaginación toma el lugar de los sentidos. Imaginación que es imprescindible para creer que esto alguna vez fue un auténtico vergel, dominado por los mismos árboles que actualmente están allí tirados, duros y sin vida. Millones de años atrás, eran gigantes de cien metros de altura, custodios de una planicie húmeda, fértil y exuberante. Eran los reyes del Jurásico, período al que hay que transportarse para ver esto surcado por ríos serpenteantes y tapizado de mil tonos de verde.
Hoy todo es distinto, pero aquellos troncos todavía están allí, como inquebrantables testigos de la maravillosa dinámica que mueve al mundo.
La mutación
Todavía están, pero ya no son lo que eran. La madera de estas descomunales coníferas, antecesoras de las araucarias que actualmente viven en la provincia de Neuquén, sufrió un largo proceso que terminó por convertirla en la más dura piedra. Su historia comenzó hace 150 millones de años, cuando nacieron y crecieron como parte de un bosque denso y muy extenso, alimentado por las copiosas lluvias que llegaban del Oeste. La cordillera de los Andes aún no había surgido y América del Sur todavía estaba unida al continente africano. Pero en un momento, la paz se quebró: la Tierra comenzó a vibrar, se abrió en dos y las cenizas se adueñaron de los cielos. Violentísimos vientos sacudieron a los árboles, y poco a poco fueron acabando con su férrea resistencia. Uno a uno fueron cayendo ante el avance del volcánico fervor de las entrañas de la tierra, hasta que ninguno quedó en pie. Las cenizas los cubrieron, y cuando todo se calmó, al Este ya se había abierto el océano Atlántico.
Comenzó entonces una nueva etapa, en la que el clima fue cambiando y las lluvias fueron haciendo un lento trabajo: pasaron a través de la gruesa capa de cenizas volcánicas, se cargaron de soluciones ricas en minerales y así llegaron a los troncos, para cristalizarse en cada una de sus grietas y cavidades. Fue una larguísima mutación físico-química, que en términos científicos se denomina silicificación o petrificación.
Mucho más tarde, cuando la Patagonia tomó la forma y el clima que hoy conocemos, los secos y constantes vientos comenzaron a erosionar las mesetas centrales, las cenizas volvieron a volar y así quedaron otra vez al descubierto algunos de aquellos prehistóricos y gigantescos troncos. Varios son los sitios del sur argentino que guardan restos de madera transformada en piedra, pero ninguno tan impresionante como el Monumento Natural Bosques Petrificados, situado sobre la Ruta Provincial Nº 49, a 50 kilómetros de la Ruta Nacional Nº 3, a la altura de su kilómetro 2074.
Creada el 5 de mayo de 1954 y desde entonces custodiada por la Administración de Parques Nacionales, esta reserva tiene actualmente 13.700 hectáreas, pero recientemente se han adquirido tierras aledañas que elevarán su superficie a 60.000 hectáreas. Su aspecto árido y desértico, matizado por algunos cerros bajos que quiebran el horizonte (entre los que sobresale el cerro Madre e Hija, de 400 metros sobre el nivel del mar), puede llevar a pensar que allí la vida prácticamente no tiene posibilidades de prosperar, pero no hace falta más que aguzar un poco el ojo para darse cuenta de que la realidad es otra. Los confianzudos zorros grises suelen salir al encuentro de los turistas que llegan hasta el centro de interpretación (única construcción de toda el área protegida), en busca de la sombra que encuentran debajo de los autos y algún resto de comida, que nunca hay que dárselos, ya que, a pesar de su notable acostumbramiento a la presencia humana, no hay que olvidar que se trata de animales salvajes. Poco más allá, en plena estepa, corren libremente grandes tropillas de guanacos y grupos de choiques, que en primavera suelen ir acompañados por sus simpáticas crías, conocidas como charitos.
La laguna Grande (que llega perder absolutamente toda su agua en épocas de sequía) es el hogar de flamencos, cisnes y diferentes especies de patos, mientras que en el cielo suelen verse aves rapaces como el aguilucho común, el carancho y los halcones plomizo y peregrino.
Mucho más difíciles de ver, por sus hábitos solitarios o por su notable mimetismo con el ambiente, son las otras especies que habitan la región: el puma, el zorrino patagónico, la mara o liebre patagónica, el zorro colorado, el piche (un pequeño armadillo similar a la mulita) y los pájaros más pequeños (como la caminera común, las dormilonas, el jilguero del Sur y la monjita chocolate), que migran hacia el Norte durante el crudo invierno y aquí, ante la ausencia de árboles, deben moverse por el suelo y anidar en matas y arbustos.
Parque Jurásico
Pero a pesar de toda esta riqueza oculta a los ojos del visitante desprevenido, lo más importante de este monumento natural lo constituyen los árboles petrificados que le dan nombre. Algunos fragmentos superan los 30 metros de longitud y dos de diámetro, medidas que los convierten en los más grandes del país y probablemente del mundo entero, mientras otros troncos están fosilizados in situ, o sea que conservan sus raíces y su parte basal exactamente en el mismo lugar y en la misma posición en que vivieron hace tantos millones de años. Además, existen conos o estróbilos femeninos y masculinos petrificados, en los que se preservan embriones. Todas estas partes permitieron identificar a los árboles como pertenecientes en su mayoría a las araucariáceas, específicamente de la especie Araucaria mirabilis ; además, hay algunos ejemplares de otras coníferas. Sobre sus cortezas, sobran muestras de hongos del grupo de los fomitoides, y en sus alrededores suele haber yacimientos con impresiones de restos vegetales, generalmente de helechos, y algunos esqueletos de primitivos anuros (batracios desprovistos de cola, como las ranas).
Todo este conjunto configura un auténtico parque Jurásico, propio de una película de Hollywood y dueño de una historia tan real como increíble.
Recomendaciones para visitantes
El viaje: Es importante que calcule el consumo de combustible de su vehículo y cargue el tanque antes de partir hacia el área protegida, ya que allí no hay posibilidad de reaprovisionarse. Lo mismo sucede con los neumáticos: tenga en cuenta que el camino de acceso es de ripio, por lo que transitar a baja velocidad ayudará a evitar roturas y pinchaduras; igualmente, no está de más circular por la región con dos ruedas de auxilio.
Camping: En el Monumento Natural Bosques Petrificados no hay posibilidad de acampar; el área más cercana para hacerlo es el camping La Paloma, ubicado 20 kilómetros antes de arribar, sobre la misma Ruta Provincial Nº 49.
El ambiente: Mire y fotografíe los troncos petrificados y los restantes fósiles, pero no se trepe a ellos y deje todo en su lugar; tenga en cuenta que son recursos prehistóricos e imposibles de renovar. Muévase en silencio y con cautela, ya que esa es la única forma de no molestar a la fauna y tener la posibilidad de verla en acción. Ante cualquier duda, consulte al guardaparque.
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